Los demonios
Los demonios —¡Ahí lo tiene, cójalo! —gritó Fedka a Kiríllov con un movimiento triunfal; en un instante recogió su gorro, sacó su hatillo de debajo del banco y se largó. Piotr Stepánovich yacía inconsciente, entre estertores. Liputin pensó incluso que se había producido un asesinato. Kiríllov bajó corriendo a la cocina.
—¡Agua! —gritó, y, metiendo un cazo de hierro en un cubo, se lo volcó por encima. Piotr Stepánovich se removió, levantó la cabeza, se sentó y dirigió una mirada vacía al frente.
—Bueno, ¿qué tal? —preguntó Kiríllov.
Piotr Stepánovich seguía mirándolo fijamente, sin reconocer todavía a nadie; pero, en cuanto pudo ver a Liputin, que asomaba desde la cocina, sonrió con su sonrisa repulsiva y se levantó de un salto, recogiendo el revólver del suelo.
—Como se le ocurra huir mañana, como a ese canalla de Stavroguin —se abalanzó frenético sobre Kiríllov, todo pálido, tartamudeando y sin pronunciar bien las palabras—, le seguiré hasta la otra punta del planeta… le colgaré como a una mosca… le aplastaré… ¿Lo ha entendido?