Los demonios
Los demonios Y le puso a Kiríllov el revólver en la frente; pero prácticamente en ese mismo instante acabó de volver en sí, retiró la mano, se guardó el revólver en el bolsillo y, sin decir una sola palabra más, salió corriendo de la casa. Liputin fue tras él. Se deslizaron por el hueco de antes y volvieron a caminar por el borde escarpado, agarrándose de la valla. Piotr Stepánovich apresuró tanto el paso por la calleja que Liputin a duras penas podía seguirlo. En el primer cruce, Piotr Stepánovich se detuvo de pronto.
—¿Y bien? —Se volvió hacia Liputin con aire retador.
Liputin se acordaba del revólver, y aún se estremecía pensando en la escena reciente; pero la respuesta, súbita y espontánea, le vino sola a los labios:
—Creo… creo que «de Tashkent hasta Smolensk» no están aguardando con impaciencia el regreso de ese «noble estudiante».
—¿Ha visto lo que estaba bebiendo Fedka en la cocina?
—¿Lo que estaba bebiendo? Estaba bebiendo vodka.
—Pue sepa que es la última vez en su vida que bebe vodka. Le recomiendo que lo recuerde y que lo tenga presente en lo sucesivo. Y ahora váyase al infierno, no lo necesito hasta mañana… Pero ándese con ojo conmigo: ¡nada de estupideces!