Los hermanos Karamazov

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—¡Qué absurdo! —exclamó—. Tan absurdo como todo lo demás que usted ha contado. Desde luego, yo no le dije eso a usted. Lo ocurrido fue que yo oí en Paris contar a un francés que, en una misa dicha en nuestro país, se leyó este episodio en los «Mensuales». El francés era un erudito que permaneció largo tiempo en Rusia, dedicado especialmente al estudio de cuestiones de estadística. En lo que a mí concierne, no he leido los «Mensuales» ni los leeré nunca... En la mesa se dicen muchas cosas. Y entonces estábamos comiendo.

—Si —dijo Fiodor Pavlovitch para mortificarle—. Usted comía mientras yo perdía la fe.

«¿Qué me importa a mi su fe?», estuvo a punto de exclamar Miusov.

Pero se contuvo y dijo con un gesto de desprecio:

—Usted mancha todo lo que toca.

El starets se levantó de súbito.

—Perdónenme, señores, que les deje solos unos momentos —dijo, dirigiéndose a todos los visitantes—, pero me esperan desde antes de la llegada de ustedes.

Y añadió alegremente y dirigiéndose a Fiodor Pavlovitch:

—Y usted procure no mentir.


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