Los hermanos Karamazov

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Se dirigió a la puerta. Aliocha y el novicio corrieron tras él para ayudarle a bajar la escalera. Aliocha estaba sofocado. Se sentía feliz ante la interrupción, y también al ver al starets contento y no con cara de hombre ofendido.

El starets iba a trasladarse a la galería para bendecir a las mujeres que allí le esperaban, pero Fiodor Pavlovitch lo detuvo en la puerta de la celda.

—Bienaventurado starets —exclamó, conmovido—, permítame que vuelva a besarle la mano. Con usted se puede hablar y se puede vivir. Usted cree, sin duda, que yo miento continuamente y que siempre estoy haciendo el payaso. Pues bien, sólo lo he hecho para ver si se puede vivir a su lado, si hay un puesto para mi humildad junto a su elevada posición. Certifico que es usted un hombre sociable.

Durante su ausencia no diré palabra. Permaneceré sentado y en silencio. Ahora, Piotr Alejandrovitch, puede usted hablar cuanto quiera. Durante diez minutos será usted el personaje principal de la reunión.

CAPITULO III


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