Los hermanos Karamazov

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La vigilancia de la casa no inquietaba a Kolia, y menos teniendo a su lado a Carillón. Éste había recibido la orden de echarse debajo de un banco del vestíbulo y estar allí sin moverse. Cada vez que veía pasar a su dueño, el perro levantaba la cabeza y golpeaba el suelo con la cola, mientras dirigía a Kolia una mirada suplicante. Pero, ¡ay!, sus ruegos eran inútiles. En respuesta a ellos, Kolia miraba severamente al infortunado animal, que volvía a su inmovilidad de estatua.

A Kolia sólo le preocupaban los pequeñuelos. La aventura de Catalina le inspiraba un profundo desprecio. Le encantaban aquellos niños y ya les había dado un divertido libro infantil para que se distrajeran. Nastia, la mayor, tenía ocho años y sabía leer; Kostia tenía siete y escuchaba con gusto a su hermanita. Kolia habría podido entretenerlos jugando con ellos a los soldados o al escondite per toda la casa, y no le importaba hacerlo cuando se presentaba la ocasión, a pesar de que en el colegio se rumoreaba que Krasotkine jugaba en su casa a las troikas con los niños de la inquilina, y que hacía el caballo y galopaba con la cabeza baja. Kolia rechazaba indignado esta acusación, diciendo que se habría avergonzado, «en nuestra época», de jugar a los caballos con chicos de su edad, pero que él lo hacía per los niños, porque los quería, y que nadie tenía derecho a pedirle cuentas de sus sentimientos.


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