Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov En compensación, los dos pequeñuelos lo adoraban. Pero aquella mañana Kolia no estaba para juegos. Tenía un compromiso importante a incluso un tanto misterioso. Pero el tiempo pasaba, y Ágata, a la que se podían confiar los niños, no volvía de la compra. Kolia había cruzado el vestíbulo varias veces, abierto la puerta del departamento de la inquilina y echado una mirada cariñosa a los niños, que estaban leyendo, como él les había indicado. Cada vez que Kolia aparecía, los niños le obsequiaban con una larga sonrisa, que era una clara invitación a que pasara para hacer algo que los divirtiera. Pero Kolia estaba preocupado y no entraba.
Cuando dieron las once, Krasotkine se dijo resueltamente que si, transcurridos diez minutes, la «maldita» Ágata no había vuelto, se marcharía sin esperar más, claro que no sin antes advertir a los niños y hacerles prometer que no tendrían miedo durante su ausencia, que no llorarían ni harían diabluras.