Los hermanos Karamazov

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Se puso, pues, su gabancito acolchado, se echó un talego al hombre, y aunque su madre le había dicho más de una vez que no saliera a la calle sin ponerse los chanclos cuando hiciese tanto frío come aquella mañana, Kolia se limitó a dirigirles una mirada de desdén al pasar per el vestíbulo. Carillón, al verlo vestido para salir, empezó a mover todo su cuerpo mientras golpeaba el suelo con la cola, a incluso llegó a soltar un aullido quejumbroso. Kolia juzgó que esta entusiasta demostración de áfecto era contraria a la disciplina, y tuvo al perro todavía un minuto debajo del banco; no le silbó hasta que abrió la puerta del vestíbulo.

Entonces Carillón se lanzó hacia él como una flecha y empezó a saltar alegremente.

El muchacho fue a echar una mirada a los niños. Habían dejado el libro y discutían acaloradamente, cosa que hacían con frecuencia. Nastia, por ser mayor que su hermano, solía triunfar en la polémica, pero, a veces, Kostia no se sometía y llamaba a Kolia Krasotkine para que fallara, fallo que admitían las dos partes sin rechistar.

Esta vez, la discusión de los dos niños interesó a Kolia, que se quedó en el umbral escuchando. Los pequeñuelos, al verle, redoblaron el ardor de su disputa.


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