Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Nunca he creÃdo —decÃa, convencida, Nastia— que las comadronas encuentren a los niños en las coles. Estamos en invierno y no hay coles. De modo que la comadrona no puede haber encontrado en esas plantas una nena para Catalina.
—¡Basta! —exclamó Kolia.
—De alguna parte traen a los niños —dijo Nastia—, pero sólo a las que están casadas.
Kostia, que habÃa escuchado gravemente a su hermana, la miró fijamente, pensativo.
—Eres una tonta, Nastia —dijo al fin, con toda calma—. Catalina no está casada. ¿Cómo se puede tener un hijo?
Nastia se indignó.
—No entiendes nada. A lo mejor está casada y tiene al marido en la cárcel.
—AsÃ, ¿tiene un marido en la cárcel? —preguntó el práctico Kostia.
Nastia abandonó su hipótesis y exclamó con su Ãmpetu habitual:
—También puede ser que no esté casada, como tú dices. Asà que tienes razón.
Pero quiere casarse, y a fuerza de pensar y pensar en tener un marido, ha terminado por tener un niño.
—Puede ser —admitió Kostia—. Pero yo no podÃa saber eso, porque tú no me lo habÃas dicho.
Kolia avanzó hacia ellos.