Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Es una buena persona —dijo Koila—. Me gusta hablar con la gente del pueblo. Hacerle justicia.
—¿Por qué le has dicho que nos azotan? —preguntó Smurov. —Para darle gusto.
—No lo entiendo.
—Oye, Smurov: no me gusta dialogar con los que no me comprenden desde un principio. Hay cosas imposibles de explicar. A ese hombre se le ha metido en la cabeza que a los colegiales hay que azotarlos, que el colegial que no recibe este castigo no es colegial. Si yo le hubiera dicho que no me azotan, lo habrÃa confundido. En fin, tú no puedes comprender estas cosas. Hay que saber hablar al pueblo.
—Pero nada de burlas, te lo ruego.
—¿Times miedo?
—SÃ, Kolia; tengo miedo. Mi padre se pondrÃa furioso si se enterase de estas bromas. Me ha prohibido que vaya contigo.
—No temas: esta vez no ocurrirá nada. ¡Buenos dÃas, Natacha —gritó a una vendedora.
La mujer, todavÃa joven, respondió a grandes voces:
—¡Yo no me llamo Natacha, sino MarÃa!
—¡Bonito nombre! ¡Adiós, MarÃa!
—¡El muy granuja! No es más alto que una bola de montar y ya se mete con la gente.