Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No tengo tiempo de escucharte. Ya me lo contarás el próximo domingo —
dijo Kolia braceando y como si fuera ella la que hubiese empezado a importunarle.
—¡Yo no tengo nada que contarte el domingo próximo! ¡Eres tú el que me ha tirado de la lengua, mocoso! ¡Una buena azotaina es lo que necesitas! ¡Ya te conozco, bribón!
Las vendedoras que estaban cerca de MarÃa se echaron a reÃr a coro. De pronto, salió de una arcada un hombre que daba muestras de gran agitación. TenÃa el aspecto de un dependiente de comercio y no era de nuestra ciudad. Usaba gorra y llevaba un caftán de largos faldones. Era todavÃa joven, tenÃa el cabello castaño y ensortijado, y el rostro pálido y picado de viruelas. Muy excitado, no se sabÃa por qué, empezó a amenazar a Kolia con el puño.
—¡Te conozco! —gritó—. ¡Te conozco!
Kolia lo miró atentamente. No se acordaba de haber disputado con aquel hombre. Por otra parte, sus altercados en la calle eran demasiado frecuentes para que pudiera acdrdarse de todos.
—¿De modo que me conoces? —preguntó irónicamente.
—SÃ, te conozco —repitió el forastero.
—Es una suerte para ti. Bueno, adiós. Tengo prisa.