Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Mira, aquél es uno de los que ha llevado a caballo a otro, y también aquellos dos...
Kolia estaba ya junto al lecho de Iliucha. El enfermo palideció, se irguió y miró fijamente a Kolia. Éste, que no había visto a Iliucha desde hacía dos meses, apenas pudo disimular su consternación. No esperaba ver un rostro tan pálido, tan demacrado; ni unos ojos tan ardientes, tan agrandados por la fiebre; ni unas manos tan frágiles. Con dolorosa sorpresa advirtió que la respiración de Iliucha era dificil y precipitada y que sus labios estaban resecos. Le tendió la mano y le preguntó con cierta turbación:
—¿Qué hay, querido? ¿Cómo va eso?
Su voz se apagó, sus facciones se contrajeron, sus labiós temblaron ligeramente. Kolia le pasó la mano por la cabeza.
—Bastante bien —repuso Iliucha maquinalmente.
Los dos estuvieron callados unos instantes.
—¿De modo que tienes un perro? —preguntó Kolia con indiferencia.
—Sí —repuso Iliucha jadeante.
—Tiene el hocico negro. Es una prueba de que será malo.
Hablaba gravemente, como si se tratara de una cosa de extraordinaria importancia. Hácía grandes esfuerzos para dominar su emoción y no echarse a llorar como un chiquillo. Lo consiguió.