Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

En la mesa había una baraja y en el diván de cuero arreglado para servir de cama estaba recostado Maximov, enfermo, desfallecido, pero sonriente. Este viejo sin hogar había llegado hacía dos meses de Mokroie con Gruchegnka y no se había separado de ella desde entonces. Después del viaje sobre el barro y bajo la lluvia, se había sentado en el diván, petrificado por el frío y el miedo. Luego había dirigido a Gruchegnka una mirada silenciosa, acompañada de una sonrisa de imploración. La joven, abrumada por el pesar y por la fiebre que ya se había apoderado de ella y dominada por otras preocupaciones, no le hizo caso al principio; pero después, de pronto, le miró fijamente, y él le correspondió con un gesto de turbación y una sonrisa lastimosa. Gruchegnka llamó a Fenia y le dijo que le diera de comer. Durante todo el día, Maximov guardó una inmovilidad casi completa. Al anochecer, Fenia cerró las ventanas y preguntó a su ama:

—¿Ha de quedarse a dormir este señor?

—Sí —respondió Gruchegnka—; hazle la cama en el diván.

Por las respuestas que recibió a sus preguntas, Gruchegnka comprendió que Maximov no tenía adónde ir.

—El señor Kalganov, mi protector, me ha dicho francamente que no volverá a recibirme. Y me ha dado cinco rublos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker