Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Qué le vamos a hacer! —exclamó Gruchegnka con una sonrisa de compasión.
Esta sonrisa conmovió al viejo, cuyos labios temblaron de emoción. Así fue como Maximov se quedó en casa de Gruchegnka en calidad de parásito. Ni siquiera durante la enfermedad de la joven dejó la casa. Fenia y su abuela —la cocinera— no lo echaron, sino que siguieron dándole de comer y haciéndole la cama en el diván. Gruchegnka se acostumbró a él, y cuando volvía de visitar a Mitia, al que había empezado a ir a ver apenas se repuso de su enfermedad, se entretenía comentando nimiedades con «Maximuchka» para olvidar sus penas.
Resultó que el viejo tenía cierto talento narrativo; así que incluso llegó a no poder pasar sin él. Aparte Aliocha, cuyas visitas eran siempre breves, Gruchegnka apenas recibía a nadie. El viejo comerciante Samsonov estaba gravemente enfermo, «se iba», según la expresión que circulaba por la ciudad. Efectivamente, falleció tres días después de verse la causa contra Mitia.
Tres semanas antes de su muerte, presintiendo su próximo fin, Samsonov llamó a sus hijos, que acudieron con sus familias, y les pidió a todos que no se separasen de su lado. Seguidamente ordenó a los domésticos que no permitiesen la entrada a Gruchegnka, en caso de que se presentara con la intención de verle, y que le dijeran de su parte que le deseaba muchos años de vida feliz y que no lo olvidara por completo.