Los hermanos Karamazov

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Pero Gruchegnka se limitaba a enviar casi todos los días a preguntar por él.

—¡Al fin has llegado! —exclamó la joven alegremente al ver aparecer a Aliocha—. Maximuchka me ha asustado diciéndome que no vendrías más. No te puedes figurar la falta que me haces. Siéntate. ¿Quieres café?

—Desde luego —repuso Aliocha sentándose—. Estoy hambriento.

—¡Fenia, Fenia; café! Hace rato que está hecho... ¡Trae también empanadillas calientes...! Tengo que contarte algo sobre estas empanadillas, Aliocha. Se las he llevado a Mitia a la cárcel, y las ha rechazado. Incluso ha pisoteado una. Yo le he dicho: « Se las dejo a tu guardián. Si no las aceptas, habrás de alimentarte de tu maldad.» Luego me he marchado. Una vez más hemos reñido: cada visita una riña.

Gruchegnka hablaba con agitación. Maximov bajó los ojos, sonriendo tímidamente.

—¿Pero cuál ha sido la causa de la riña de hoy? —preguntó Aliocha.

—Algo completamente inesperado para mí. ¡Está celoso de mi primer amor!

Me ha dicho que no sabe por qué he de alimentarlo, de gastar dinero con él.

¡Siempre está celoso! La semana pasada lo estuvo hasta de Kuzma.

—Pero mi hermano conoce al polaco.


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