Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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—Claro que lo conoce. Está enterado de nuestras relaciones desde el principio.

Hoy me ha insultado. Me da vergüenza repetir sus palabras. ¡El muy imbécil!

Rakitka se marchaba cuando yo he llegado. Él debe de haber sido el causante de su excitación. ¿No lo crees también tú?

—Te ama y ha perdido el dominio de sus nervios.

—¿Cómo podía conservarlo sabiendo que lo van a juzgar mañana?

Precisamente he ido a darle ánimos. Pues lo confieso, Aliocha, que me aterra pensar lo que mañana puede ocurrir. Dices que está nervioso. ¡También lo estoy yo! ¡Pensar en el polaco! ¡Qué imbecilidad! ¡Menos mal que Maximuchka no tiene celos!

—También mi mujer estaba celosa —observó Maximov.

Gruchegnka se echó a reír sin poder contenerse.

—¿Celosa de ti? ¿Y de quién tenía celos?

—De las sirvientas.

—¡Calla, Maximuchka! No tengo humor para bromas. Y no mires las empanadillas: te podrían sentar mal. Mi casa se ha convertido en un hospital.

Gruchegnka dijo esto sonriendo. Maximov lloriqueó:

—No merezco sus cuidados; soy un ser insignificante. Dedique sus atenciones a quien pueda serle más necesario que yo.


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