Los hermanos Karamazov

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Desde entonces, los panowie no dieron tregua a Gruchegnka: la bombardearon a diario con sus demandas de dinero, y ella siempre les enviaba algo. Y he aquí que, inesperadamente, Mitia se había mostrado ferozmente celoso.

Gruchegnka continuó, trivial y voluble:

—Como una tonta, he pasado por casa de Musalowizc al saber que estaba enfermo, y luego se lo he contado entre risas a Mitia. «Mi polaco —le he dicho—

me ha cantado, acompañándose con la guitarra, las mismas canciones que me cantaba en otro tiempo. Por lo visto, quería enternecerme.» Y entonces Mitia ha empezado a insultarme... Por eso voy a mandar ahora mismo empanadillas a los polacos... Fenia, da tres rublos a la muchacha que han enviado y entrégale también una docena de empanadillas envueltas en un papel. Y tú, Aliocha, ya le contarás esto a Mitia.

—¡Eso nunca! —dijo Aliocha sonriendo.

—¿Crees que le importa? —exclamó Gruchegnka, amargada—. Se finge celoso, pero en el fondo se burla de mí.

—¿De modo que sus celos te parecen una ficción?


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