Los hermanos Karamazov

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Era el pan Musalowizc, en efecto, el que le escribía. En una larga y ampulosa carta le rogaba que le prestase tres rublos. Con la carta le enviaba un recibo en el que se comprometía a devolver en el plazo de tres meses la cantidad solicitada. El pan Wrublewski firmaba también. Gruchegnka había recibido ya de Musalowizc muchas cartas con reconocimientos de deuda semejante. Las peticiones habían empezado hacía dos semanas, al iniciarse la convalecencia de Gruchegnka. Ésta sabía que los dos panowie se habían presentado en la casa para preguntar por ella durante su enfermedad. La primera carta fue escrita en una hoja de gran tamaño y en ella figuraba un sello familiar. Era larga y prolija. Gruchegnka sólo leyó la mitad y la tiró sin haberla comprendido. Acabó por reirse de estas cartas. A la primera siguió otra un día después, en la que el pan Musalowizc pedía un préstamo de dos mil rublos. Gruchegnka la dejó, como la anterior, sin respuesta. A continuación recibió una serie de misivas en las que la suma solicitada iba disminuyendo gradualmente. De cien rublos bajó a veinticinco, y de veinticinco a diez. Finalmente, Gruchegnka recibió una carta en la que los panowie mendigaban un rublo y le enviaban un recibo firmado por los dos. La joven se compadeció de pronto y, al atardecer, fue a casa de los polacos. Los encontró en la más negra miseria: hambrientos, sin fuego, sin tabaco y en deuda con la patrona. Los doscientos rublos ganados a Mitia se habían esfumado rápidamente. Sin embargo, Gruchegnka fue recibida por los panowie —cosa que le sorprendió, como es natural— con gentil arrogancia. Esto le hizo gracia. Dio diez rublos a su «ex amor» y, entre risas, se lo contó todo a Mitia, que no demostró ni sombra de celos.


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