Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Estoy encantado de que nos tuteemos —dijo el visitante.
—¿Esperabas que te hablara de usted, imbécil? Estoy dispuesto a conversar...
El único inconveniente es que me duele la cabeza... Pero no te pongas a filosofar como la otra vez. Si no quieres marcharte, lo menos que puedes hacer es hablar de cosas alegres. Cuéntame chismes, ya que no eres más que un parásito... ¡Tenaz pesadilla!... Pero no te temo. Lograré imponerme a ti. ¡No me encerrarán en un manicomio!
—«¡Parásito!» C'est charmant. En efecto, lo soy. Un parásito de la sociedad...
Pero oye: estoy asombrado de oÃrte. Empiezas a ver en mà un ser real y no un producto de tu imaginación, como afirmabas la última vez.
—¡Nunca te he considerado como un ser real! —exclamó Iván, furioso—. Eres un fantasma, una visión de mi mente enferma. Pero no sé cómo deshacerme de ti.
Ya veo que tendré que soportarte algún tiempo. Eres una alucinación, la encarnación de una parte de mi ser; la parte más vil de mis pensamientos y mis sentimientos. Si pudiera dedicarte algún tiempo, incluso podrÃas llegar a interesarme a pesar de tu condición.
El caballero replicó, con una sonrisa: