Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Se sentó de nuevo en el diván y se cogió la cabeza con las manos. Luego se quitó el paño húmedo y lo tiró con ademán despectivo.
—¡Qué mal tienes los nervios! —dijo el gentleman, con cierta insolencia, pero en tono amistoso—. Estás indignado conmigo porque me he enfriado. Pero no lo he podido evitar. Tenia que acudir a una velada diplomática que se celebraba en casa de una gran dama de Petersburgo y a la que habían de asistir ministros vestidos de etiqueta, con guantes y corbata blanca. Pero entonces estaba... muy lejos y, para llegar a la tierra, tenía que cruzar el espacio. Desde luego, esto es para mí cuestión de un instante, aunque la luz del sol tarda ocho minutos. Sin embargo, mi levita y mi chaleco escotado abrigaban poco. Los espíritus no se hielan, pero como yo estoy encarnado... En una palabra, que he obrado a la ligera. En él espacio, en el éter, en el agua, hace tanto frío, que llamarle frío es poco. ¡Ciento cincuenta grados bajo cero! Todo el mundo conoce la broma de las lugareñas.