Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov De pronto, no pudiendo contenerse, se cubrió la cara con la mano y prorrumpió en una risa nerviosa, reprimida, prolongada, que saçudia todo su cuerpo.
El starets, que la había escuchado en silencio, la bendijo. Ella le besó la mano, la apretó contra sus ojos y se echó a llorar.
—No se enfade conmigo. Soy una tonta; no sirvo para nada. Aliocha tiene razón al no querer nada con una chica tan ridícula...
El starets la interrumpió:
—Te lo enviaré, te lo enviaré sin falta.