Los hermanos Karamazov

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—Eso no tiene nada de particular —repuso—. Venía a pedirme dinero con frecuencia. Algunos meses me sacó hasta treinta rublos. Y no por necesidad, pues no le faltaba para comer ni beber.

—¿Por qué era usted tan generosa con el señor Rakitine? —preguntó Fetiukovitch, sin importarle la mirada de reprobación que le dirigió el presidente.

—Porque somos primos. Nuestras madres eran hermanas. No lo dije nunca a nadie porque él me lo suplicó. Se avergonzaba de mí.

Esta revelación sorprendió a todo el mundo. Nadie, ni en la ciudad ni en el monasterio, tenía la menor idea de este parentesco. Rakitine enrojeció.

Gruchegnka lo detestaba por haber declarado contra Mitia. La elocuencia de Rakitine, su fraseología sobre la servidumbre y el desorden cívico de Rusia perdieron todo su crédito en la opinion. Fetiukovitch estaba satisfechísimo: el cielo acudía en su ayuda. No se retuvo mucho tiempo a Gruchegnka, ya que pronto se vio que no podía hacer más revelaciones importantes. La testigo dejó en el público una impresión sumamente desfavorable. Multitud de miradas despectivas se fijaron en ella cuando, después de su declaración, fue a sentarse lejos de Catalina Ivanovna. Durante el interrogatorio de Gruchegnka, Mitia había permanecido en silencio, inmóvil, con la cabeza baja.

Compareció un nuevo testigo... Iván Fiodorovitch.


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