Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No se inquiete por él —le interrumpió Katia obstinadamente—. Su resolución es pasajera; le aseguro que aceptará la proposición de huir. Tenga en cuenta que no ha de hacerlo ahora. Tendrá tiempo suficiente para pensarlo y decidirse. Entonces su hermano Iván estará curado y se encargará de todo, evitándome a mà tener que mezclarme en el asunto. Le repito que no debe preocuparse, que Dmitri aceptará la evasión. No puede renunciar a esa muchacha, y como no la admitirán en el presidio, no tendrá más remedio que huir. A usted le respeta, teme sus censuras. Por lo tanto, debe permitirle generosamente que huya, ya que su sanción es tan necesaria.
Dijo esto último con un tonillo irónico. Después guardó silencio unos segundos, sonrió y continuó:
—Habla de himnos, de soportar el peso de la cruz, de cierto deber... Lo sé porque su hermano Iván me lo contó... ¡Ah! ¡Si usted supiera con qué vehemencia me lo explicaba! —exclamó de pronto Katia como arrastrada por un impulso irresistible—. ¡Si usted supiera el efecto que demostraba por ese desgraciado cuando me estaba hablando de él! Y, acaso, ¡hasta qué punto le odiaba al mismo tiempo! Y yo, escuchándolo, lo veÃa llorar y sonreÃa altivamente... ¡Soy un alma vil! MÃa es la culpa de que se haya vuelto loco. Pero el otro, el condenado —