Los hermanos Karamazov

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Tal vez la flor le gustara y se hubiera encaprichado de ella; acaso quisiera guardarla como recuerdo de su hijo. Lo cierto es que tendía las manos hacia ella, presa de gran agitación.

—No daré ninguna flor a nadie —dijo ásperamente el capitán—. Estas flores son suyas, no tuyas. ¡Todo es suyo, todo!

—Papá, dale una flor a mamá —dijo Nina, mostrando su rostro bañado en lágrimas.

—¡No daré nada a nadie, y menos a ella! Ella no lo quería: le quitó el cañón.

Y el capitán se echó a llorar al acordarse de la escena en que Iliucha había cedido el diminuto cañón a su madre.

La pobre loca prorrumpió en sollozos y ocultó la cara en sus manos.

Los colegiales, viendo que Snieguiriov no se apartaba del féretro y que ya era la hora dé transportar al cadáver a la iglesia, rodearon el ataúd y empezaron a levantarlo.

Entonces Snieguiriov empezó a vociferar:

—¡No quiero que lo entierren en el cementerio! ¡Lo enterraré cerca de la peña, de nuestra peña! Así me lo pidió Iliucha. No permitiré que os lo llevéis.


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