Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Eso es un plagio, Aliocha: repites las ideas de tu starets. Iván os ha planteado un enigma —exclamó con visible animosidad Rakitine, cuyo semblante se alteró mientras sus labios se contraÃan—. Un enigma estúpido en el que no hay nada que adivinar. Haz un pequeño esfuerzo y lo comprenderás todo. Su artÃculo es ridÃculo y necio. Le he oÃdo perfectamente cuando ha desarrollado su absurda teorÃa. «Si no hay inmortalidad del alma, no hay virtud, lo que quiere decir que todo está permitido.» Recuerda que tu hermano Mitia ha dicho sobre esto que lo tendrÃa presente. Es una teorÃa seductora para los bribones... No; para los bribones, no.
Esta vehemencia me trastorna... Es seductora para esos fanfarrones dotados de
«una profundidad de pensamiento insondable». Es un charlatán, y su teorÃa, una bobada. Por lo demás, aunque no crea en la inmortalidad del alma, la humanidad hallará en si misma el vigor necesario para vivir virtuosamente. Esa fuerza se la proporcionará su amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad.
Rakitine se habÃa entusiasmado y apenas podÃa contenerse. Pero, de pronto, se detuvo como si se acordara de algo.
—¡Bueno, basta ya! —dijo con una sonrisa forzada—. ¿De qué te ries? ¿Crees que soy tonto?
—No, eso ni siquiera me ha pasado por el pensamiento. Eres inteligente, pero...