Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »—No me asuste. ¿De dónde ha sacado usted eso?
»—Tranquilicese —repuse—. No diré nada a nadie. Para estas cosas soy mudo como una tumba. Sólo le he dicho esto para que esté prevenida. Cuando reclamen a su padre esos cuatro mil quinientos rublos que faltan en la caja, no espere a que, a su edad, lo lleven a los tribunales: envíeme a su hermana en secreto. Acabo de recibir dinero. Le entregaré los cuatro mil quinientos rublos y nadie se enterará de nada.
»—¡Qué villano es usted! ¡Qué miserable villano! ¿Cómo tiene valor para proponer esas cosas?
»Se fue, roja de indignación, y yo le dije a voces que todo quedaría en el mayor secreto.
»Ágata y su tía eran dos verdaderos ángeles. Adoraban a la altiva Katia y la servían humildemente. Ágata informó a su hermana de nuestra conversación, como supe en seguida. Era precisamente lo que yo deseaba.