Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »Yo estaba entonces en mi casa, a punto de marcharme. Era el atardecer. Me había acabado de vestir. Estaba peinado y me había perfumado el pañuelo. Incluso había cogido la gorra... De pronto se abrió la puerta y vi entrar a Catalina Ivanovna.
»A veces ocurrén cosas extrañas. Nadie se había fijado en ella en la calle cuando venía a mi casa; nadie la había conocido. Yo vivía entonces en casa de dos mujeres de edad, esposas de funcionarios, serviciales y atentas conmigo, y que, a petición mía, guardaron sobre este asunto un secreto absolúto.
»Cuando vi a Katia comprendí al instante lo que pretendía. Entró con la mirada fija en mí. Sus sombríos ojos expresaban resolución, incluso audacia, pero la mueca de sus labios revelaba perplejidad.
»—Mi hermana me ha dicho que usted me daría cuatro mil quinientos rublos si venía a buscarlos yo misma. Pues bien, aquí estoy: déme el dinero.
»El temor la ahogaba; su voz era apenas perceptible; sus labios temblaban...
Aliocha, ¿me escuchas o estás durmiendo?
—Dime toda la verdad, Dmitri —dijo Aliocha con profunda emoción.