Los hermanos Karamazov

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—Estoy seguro de que hablas sinceramente y ves las cosas como son. No es éste el caso de Iván. Iván es un presuntuoso... Sin embargo, me gustaría terminar de una vez con tu monasterio. Habría de suprimir de golpe a esa casta mística en toda la tierra: sería el único modo de devolver a los imbéciles la razón. ¡Cuánta plata y cuánto oro afluiría entonces a la Casa de la Moneda!

—¿Pero para qué quieres suprimir los monasterios? —preguntó Iván.

—Para que la verdad resplandezca.

—Cuando la verdad replandezca, primero te lo quitarán todo y después lo matarán.

—Tal vez tengas razón —dijo Fiodor Pavlovitch. Y añadió, rascándose la frente—: ¡Soy un verdadero asno! Si es así, ¡paz a tu monasterio, Aliocha!

Nosotros, las personas inteligentes, permaneceremos en habitaciones abrigadas y beberemos coñac. Tal es, sin duda, la voluntad de Dios. Dime, Iván: ¿hay Dios o no lo hay? Respóndeme en serio. ¿De qué te ríes?

—Me acuerdo de tu aguda observación sobre la fe de Smerdiakov: cree en la existencia de dos ermitaños que pueden mover las montañas.

—¿Eso he dicho yo?

—Exactamente.


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