Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Ah, hijos mÃos! —continuó—. Mis cochinillos... Yo..., a mÃ, ninguna mujer me parece fea. Es un don, ¿comprendéis? No, no podéis comprenderme. No es sangre, sino leche, lo que corre por vuestras venas. TodavÃa no habéis salido del cascarón. A mi juicio, todas las mujeres tienen alguna peculiaridad interesante: el quid está en saber descubrirla. Para ello hace falta un talento especial. A mÃ, ninguna me parece fea. El sexo por si solo hace mucho... Pero esto está por encima de vuestra comprensión. Incluso las solteronas viejas tienen a veces tales encantos, que uno no puede menos de decirse que los hombres son unos imbéciles, ya que las han dejado envejecer sin descubrir sus atractivos. A las muchachitas descalzas hay que empezar por impresionarlas, ¿no lo sabÃais? Es preciso que la infeliz se sienta maravillada y confusa al ver que todo un señor se ha enamorado de una pobrecita como ella. Por fortuna, ha habido y habrá siempre señores que se atreven a todo y sirvientes que los obedecen. ¡Esto asegura la felicidad de la existencia! A propósito, Aliocha, yo siempre conseguà impresionar a tu madre, aunque de otro modo. A veces, después de haberla tenido algún tiempo privada de mis caricias, me mostraba de pronto apasionado, arrodillándome ante ella y besándole los pies.