Los hermanos Karamazov

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—Ella no querrá.

—No, ella no querrá —dijo el viejo, temblando de alegría, como si hubiese oído lo más agradable que podía oír.

Dejándose llevar de su entusiasmo, se apoderó de la mano de Aliocha y la apretó contra su corazón. Incluso se llenaron de lágrimas sus ojos.

—Coge esa imagen de la Virgen de que te he hablado hace un momento —

continuó— y llévatela. Te permito que vuelvas al monasterio. Hablaba en broma cuando te dije que lo dejaras. No te enfades conmigo. Me duele la cabeza...

Aliocha, tranquilízame, sé mi ángel bueno y dime la verdad.

—¡Qué obsesión! —dijo tristemente Aliocha.

—Te creo, Aliocha, te creo. Pero oye: ve a casa de Gruchegnka, procura verla y enterarte de sus propósitos. Pregúntale a quién prefiere: si a él o a mí. ¿Lo harás?

—Si la veo, se lo preguntaré —murmuró Aliocha, confuso.

—No, ella no te dirá la verdad —dijo el viejo—. Es una mujer temible.

Empezará por abrazarte y te dirá que es a ti a quien quiere. Es falsa y desvergonzada. No, no debes ir a verla.

—Desde luego, padre, no creo prudente visitarla.


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