Los hermanos Karamazov

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—Desde luego —añadió Iván—, no permitiré que lo mate. Quédate aquí, Aliocha. Voy a dar un paseo por el patio. Empieza a dolerme la cabeza.

Aliocha entró en el dormitorio y estuvo una hora junto al lecho de su padre, detrás del biombo. De pronto, el viejo abrió los ojos y le miró largamente, en silencio. Era evidente que se esforzaba por recordar. Su semblance reflejaba una extraordinaria agitación interna.

—Aliocha —murmuró el viejo, receloso—, ¿dónde está Iván?

—En el patio. Tiene dolor de cabeza. Vigila.

—Dame un espejo.

Aliocha le entregó un espejito ovalado que había sobre la cómoda. Fiodor Pavlovitch se miró en él. Tenía la nariz hinchada y un cardenal en la frente, sobre la ceja izquierda.

—¿Qué dice Iván? Aliocha, mi querido Aliocha, mi único hijo: Iván me da miedo, más miedo que el otro. Tú eres el único a quien no temo.

—No temas tampoco a Iván. Se enfada, pero te defiende.

—¿Y el otro? ¿Se ha ido a casa de Gruchegnka? Dime la verdad, hijo mío:

¿estaba Gruchegnka aquí?

—No, ha sido una visión de Dmitri. Gruchegnka no ha estado aquí.

—¿Sabes que Dmitri quiere casarse con ella?


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