Los hermanos Karamazov

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Smerdiakov salió corriendo en busca del agua. Se desnudó al viejo y se le llevó a la cama. Le envolvieron la cabeza con una toalla húmeda. El coñac, las emociones violentas y los golpes lo habían debilitado. Fiodor Pavlovitch cerró los ojos y quedó amodorrado apenas puso la cabeza en la almohada. Iván y Aliocha volvieron al salón—comedor. Smerdiakov recogió los restos del jarrón roto.

Grigori permanecía junto a la mesa, sombrío el semblante y la cabeza baja.

—Tú también debes ponerte un trapo mojado en la cabeza y acostarte —le dijo Aliocha—. El golpe que te ha dado mi hermano ha sido muy fuerte.

—Se ha atrevido a pegarme —dijo Grigori amargamente.

—Hasta a su padre ha golpeado —observó Iván con los labios contraídos.

—Cuando era niño, lo lavaba. ¡Y me ha levantado la mano! —dijo Grigori.

—Si no lo hubiese contenido —susurró Iván a Aliocha—, lo habría matado.

Esopo tiene poca resistencia.

—Que Dios le guarde —dijo Aliocha.

—¿Por qué? —replicó Iván sin cambiar de acento y con el semblante contraído por el odio—. El destino de los reptiles es devorarse unos a otros.

Aliocha se estremeció.


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