Los hermanos Karamazov

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—Te juro que no ha venido y que aquí nadie la esperaba.

—Pues yo la he visto... O sea que... En seguida sabré dónde está... Adiós, Alexei. Ni una palabra a Esopo sobre los tres mil rublos. Ve en seguida a casa de Catalina Ivanovna y dile: «Vengo a saludarla de su parte, a transmitirle sus más atentos saludos.» Y descríbele la escena que acabas de presenciar.

Entre tanto, Iván y Grigori habían levantado al viejo y lo habían depositado en un sillón. Su cara estaba cubierta de sangre, pero el herido conservaba el conocimiento. Seguía creyendo que Gruchegnka estaba escondida en la casa.

Dmitri le dirigió una mirada de odio al marcharse.

—No me arrepiento de haber derramado tu sangre —le dijo—. Ten cuidado, vejestorio: domina tus sueños, porque también sueño yo. Te maldigo y reniego de ti para siempre.

Salió presuroso de la habitación.

—¡Está aquí, Gruchegnka está aquí! —murmuró el viejo con voz apenas perceptible. E hizo una seña a Smerdiakov.

—¡No está aquí, viejo loco! —dijo Iván, ciego de ira—. ¡Lo que faltaba! ¡Se ha desvanecido! ¡Agua, una toalla! ¡Pronto, Smerdiakov!


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