Los hermanos Karamazov

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Dmitri reapareció en el comedor. Había encontrado cerrada aquella puerta y no le cabía duda de que la (lave estaba en el bolsillo de su padre. No había ninguna ventana abierta. Por lo tanto, Gruchegnka no había podido entrar ni salir por ninguna parte.

—¡Detenedlo! —gritó Fiodor Pavlovitch apenas volvió a ver a Dmitri—. ¡Ha robado el dinero de mi dormitorio!

Y desprendiéndose de las manos de Iván, se arrojó sobre Dmitri. Éste levantó las manos, cogió al viejo por los dos únicos mechones de pelo que le quedaban en la cabeza, uno a cada lado, sobre las sienes, lo zarandeó y lo arrojó violentamente contra el suelo. El viejo lanzó un agudo gemido. Iván, aunque más débil que Dmitri, lo cogió por los brazos y lo apartó de su padre, ayudado por Aliocha, que empujaba al agresor por el pecho con todas sus fuerzas.

—¡Lo has matado, loco! —gritó Iván.

—¡Es lo que merece! —exclamó Dmitri, jadeante—. Si no lo he matado, volveré para acabar con él, y vosotros no lo podréis salvar.

—¡Fuera de aquí en seguida, Dmitri! —le dijo imperiosamente Aliocha.

—Alexei, sólo en ti tengo confianza. Dime si Gruchegnka estaba aquí hace un momento. La he visto. Iba pegada a la cerca y ha desaparecido en esta dirección.

La he llamado y ha huido.


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