Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Detenedlo, detenedlo! —gritó, echando a correr en pos de Dmitri.
Grigori se había levantado, pero estaba aún aturdido. Iván y Aliocha salieron corriendo también, para alcanzar y detener a su padre. En la habitación contigua se oyó el ruido de un objeto que caía y se hacía pedazos. Era un jarrón de escaso valor, colocado sobre un pedestal de mármol, con el que había tropezado Dmitri.
—¡Socorro! —gritó el viejo.
Iván y Aliocha lo alcanzaron y, a viva fuerza, lo hicieron volver al comedor.
—¿Por qué lo has perseguido? —dijo Iván, colérico—. ¿No ves que es capaz de matarte?
—¡Iván, Aliocha: Gruchegnka está aquí! Dice que la ha visto entrar.
Fiodor Pavlovitch jadeaba. No esperaba a Gruchegnka aquella tarde, y la repentina noticia de que había llegado trastornaba su razón. Estaba temblando; parecía haber perdido el juicio.
—Eso no puede ser verdad —dijo Iván—. Si hubiese venido, la habríamos visto.
—Tal vez ha entrado por la otra puerta.
—La otra puerta está cerrada con llave y la llave la tienes tú.