Los hermanos Karamazov

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—Ayúdeme, Alexei Fiodorovitch. Le necesito. Escuche lo que yo pienso y dígame si tengo razón o no. Si él le hubiera dado a la ligera el encargo de saludarme, sin insistir en que me dijera precisamente esta palabra, todo habría terminado. Pero si ha subrayado con empeño este término, si ha insistido en que me transmitiera su «saludo», esto demuestra que estaba sobreexcitado, fuera de sí.

Sin duda le ha sobrecogido su propia resolución. No ha obrado con plena voluntad al romper conmigo: ha resbalado por la pendiente. La insistencia sobre la plabra

«saludar» tiene todo el aspecto de una bravata.

—Eso es, eso es —dijo Aliocha—. Comparto su opinión.

—Por lo tanto, no está todo perdido. Dmitri está desesperado, y todavía lo puedo salvar. ¿No le ha hablado de dinero, de tres mil rublos?

—No sólo me ha hablado, sino que he visto que es esto lo que más le mortifica

—repuso Aliocha sintiendo renacer su esperanza al entrever la posibilidad de salvar a su hermano—. Me ha dicho que todo le es indiferente desde que ha perdido el honor. ¿Sabe usted qué ha hecho de ese dinero? —añadió, y se contuvo de pronto.


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