Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Ah!, ¿sÃ? —dijo Catalina Ivanovna con ojos fulgurantes—. Lo suponÃa. ¡Lo sé todo, absolutamente todo! Oiga, Alexei Fiodorovitch; voy a decirle por qué tenÃa tantos deseos de verle. Sé seguramente más que usted: no son, pues, noticias lo que le pido. Lo que deseo es conocer sus últimas impresiones sobre Dmitri.
Quiero que me exponga francamente, lo más rudamente posible, con toda sinceridad, lo que piensa de él y de su situación después de la entrevista que han tenido ustedes. Prefiero esto a tener una entrevista con él, ya que él no quiere venir a verme. ¿Ha comprendido lo que deseo de usted? DÃgame ante todo por qué le ha enviado y hable con franqueza, sin medir las palabras.
—Me ha encargado que... la salude..., que le diga que no volverá y que la saluda.
—¿Que me saluda? ¿Lo ha dicho asÃ, asà exactamente?
—Si.
—Seguramente se ha equivocado o no ha encontrado la palabra precisa.
—No se ha equivocado; ha insistido en que le transmitiera su «saludo». Tres veces me lo ha recomendado.
La sangre afluyó al rostro de Catalina Ivanovna.