Los hermanos Karamazov

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Al expresar esta opinión, Aliocha enrojeció, avergonzado de haber expuesto, cediendo a los ruegos de Dmitri, una idea tan necia: así la consideró él mismo apenas la hubo expresado. Le parecía vergonzoso haber juzgado tan categóricamente a una mujer.

Ahora, en su nueva visita, su sorpresa fue extraordinaria al advertir desde el primer momento que seguramente se había equivocado en sus juicios. Esta vez, el semblante de Catalina Ivanovna irradiaba una bondad ingenua, una sinceridad ardiente. De aquel orgullo, de aquella altivez que tanto habían impresionado a Aliocha sólo quedaba una noble energía, una serena confianza en sí misma. Ante sus primeras miradas y sus primeras palabras, Aliocha comprendió que se daba perfecta cuenta de lo dramático de su situación frente al hombre amado. Tal vez lo sabía todo. Sin embargo, su rostro radiante expresaba una gran fe en el porvenir.

Aliocha se sintió culpable ante ella, vencido y cautivado a la vez. Además, advirtió desde el primer momento que la dominaba una agitación tal vez insólita, que rayaba en la exaltación.

—Le esperaba porque sé que en estos momentos sólo por usted puedo conocer la verdad.

—He venido —balbuceó Aliocha— para... porque me ha enviado él.


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