Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Se dejó caer en un sillón, con un suave rumor de su elegante vestido de seda negra, y, friolera, cubrió con un chal de lana su cuello, blanco como la nieve, y sus anchos hombros. Su cara indicaba exactamente su edad: veintidós años. Su piel era blanquísima, con tonalidades de un rosa pálido; el óvalo de su rostro, un poco anchor la mandíbula inferior, un tanto saliente; el labio superior era delgado; el inferior, prominente, como hinchado y mucho más enérgico. A esto había que añadir una magnífica y abundante cabellera de color castaño, unas cejas oscuras y unos ojos admirables, de un gris azulado, protegidos por largas pestañas. El hombre más indiferente, más distraído, el más extraviado entre la multitud durante el paseo, no habría dejado de detenerse ante este rostro y no habría podido olvidarlo en mucho tiempo.
Lo que más impresionó a Aliocha fue su expresión infantil a ingenua. Tenía miradas y alegrías de niña. Se acercó a la mesa, alborozada, alegre, impaciente y curiosa, como si esperase algo. Su mirada alegraba el alma. Aliocha lo notó.