Los hermanos Karamazov

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Además, había en ella un algo que no se sabía lo que era, pero que se percibía: aquella suavidad de movimientos, aquella ligereza felina de cuerpo, que, no obstante, era poderoso y robusto. Bajo su chal se dibujaban unos hombros llenos y unos senos firmes de mujer joven. En aquel cuerpo se presumían las formas de la Venus de Milo, pero con proporciones un tanto excesivas.

Los conocedores de la belleza rusa que hubieran contemplado a Gruchegnka, habrían predicho con plena convicción que cuando frisara en los treinta, aquella belleza, fresca aún, perdería la armonía: desaparecería la nitidez de sus facciones, se formarían rápidamente arrugas en la frente y alrededor de los ojos; el cutis se marchitaría, enrojecería tal vez. En una palabra, que Gruchegnka tenía esa belleza que parece otorgar el diablo, esa hermosura efímera tan frecuente en las mujeres rusas.

Aliocha, naturalmente, no pensaba en estas cosas, pero, aunque encantado, se preguntaba contrariado y como a pesar suyo: «¿Por qué arrastrará de ese modo las palabras y no hablará con naturalidad?»

A Gruchegnka le parecía sin duda bonito arrastrar las sílabas y darles una entonación cantarina. Sin embargo, esto no era sino un hábito de mal tono, que revelaba una educación deficiente y una falsa noción de las normas sociales.


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