Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Este modo de hablar afectado parecía a Aliocha incompatible con aquella expresión ingenua y radiante, con el alegre a infantil centelleo de aquellos ojos.
Catalina Ivanovna la hizo sentar frente a Aliocha y besó más de una vez los labios sonrientes de aquella joven como si estuviese enamorada de ella.
—Es la primera vez que nos vemos —explicó, y añadió ilusionada—: Alexei Fiodorovitch, yo quería verla, conocerla, y estaba dispuesta a ir en su busca, pero ella ha acudido a mi primera llamada. Tenía la seguridad de que lo arreglaríamos todo; lo presentía. Me rogaron que renunciara a dar este paso, pero yo preveía el resultado y no me equivoqué. Gruchegnka me ha explicado sus intenciones con todo detalle. Ha venido a mí como un ángel bueno y me ha traído la paz y la alegría.
—Lo que ocurre es que usted no me ha despreciado, mi querida señorita —dijo Gruchegnka con su dulce sonrisa y en tono humilde.
—¡No diga esas cosas, mi encantadora amiga! ¿Despreciarla yo? Voy a besar otra vez ese labio tan lindo. Parece hinchado, pero yo haré que lo parezca más aún... Mire cómo se ríe, Alexei Fiodorovitch. Se le alegra a uno el corazón mirando a este ángel.
Aliocha enrojeció y se estremeció ligeramente.
—Es usted muy generosa, mi querida señorita, pero yo no creo merecer estas muestras de cariño.