Los hermanos Karamazov

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—¿Que yo la defiendo? ¿Quién soy yo para defenderla y qué necesidad de defensa tiene usted? Gruchegnka, querida Gruchegnka, déme su mano. Mire esta manita gordezuela, esta mano deliciosa, Alexei Fiodorovitch. Ella me ha traído la felicidad, ella me ha resucitado. Voy a besarla... Así, así...

Besó tres veces, como enajenada, aquella mano, verdaderamente encantadora pero tal vez demasiado gordezuela. Gruchegnka se dejaba mimar, riendo nerviosamente y sin dejar de observar a su «querida señorita».

«Se exalta demasiado», pensó Aliocha. Y enrojeció. Estaba intranquilo.

—Usted, mi querida señorita, quiere avergonzarme: por eso me besa la mano delante de Alexei Fiodorovitch.

—¿Yo avergonzarla? —dijo Catalina Ivanovna con cierto estupor—. ¡Ah, querida! ¡Qué poco me conoce usted!

—Tampoco usted me conoce a mi, mi querida señorita. Soy peor de lo que usted supone. No tengo corazón; soy caprichosa. He conquistado a Dmitri Fiodorovitch sólo para burlarme de él.

—Pero usted irá a salvarlo: me lo ha prometido. Usted le dirá francamente que desde hace mucho tiempo ama a otro hombre que está dispuesto a casarse con usted...

—¡Ah, no! Yo no le he prometido nada de eso. Es usted quien lo ha dicho, no yo.


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