Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Habré entendido mal —murmuró Catalina Ivanovna, palideciendo ligeramente—. Usted me ha prometido...
—No, no, mi angelical señorita —la interrumpió Gruchegnka con su invariable expresión alegre, placentera, inocente—, yo no le he prometido nada. Ya ve, mi honorable señorita, como soy mala y voluntariosa. Todo lo que me gusta hacer, lo hago. Tal vez es verdad que hace un momento le he hecho la promesa que usted dice, y ahora me pregunto: «¿Y si Mitia volviera a gustarme?» Pues una vez me gustó durante una hora. Acaso vaya a decirle que se quede en mi casa desde hoy...
Ya ve si soy inconstante.
—Hace unos momentos hablaba usted de otro modo —dijo Catalina Ivanovna.
—SÃ, pero soy una tonta; mi corazón es débil. ¿Qué pasarÃa si lo compadeciera sólo al pensar lo mucho que lo he hecho sufrir?
—No esperaba que...
—¡Ah, señorita! ¡Cómo resplandece su bondad y su nobleza a mi lado!... Acaso ahora, al conocer mi carácter, deje de quererme. Déme su mano —le pidió cariñosamente, y se la llevó a los labios, con gesto respetuoso—. Voy a besarle la mano, señorita, como usted me la ha besado a mi. Usted me ha dado tres besos.