Los hermanos Karamazov

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Yo habría de darle trescientos para saldar la cuenta. Así lo haré, y después, sea lo que Dios quiera. Tal vez seré su esclava y la complaceré en todo, aunque no exista ningún convenio ni promesa. Déme su mano, déme su linda mano, mi querida señorita.

Se llevó lentamente la mano a los labios con el propósito de «saldar la cuenta».

Catalina Ivanovna no retiró la mano. Había concebido cierta esperanza ante la promesa de Gruchegnka —a pesar de lo vagamente que la había expresado— de

«complacerla en todo». La miraba a los ojos con ansiedad y vela en ellos una invariable expresión ingenua y confiada, una alegría serena... «Acaso sea demasiado ingenua», se dijo Catalina Ivanovna al sentir aquella sombra de esperanza. Pero Gruchegnka, después de llevarse lentamente la «linda manecita» a los labios, ni siquiera la rozó con ellos y quedó pensativa, reteniéndola entre las suyas.

De pronto, arrastrando las palabras y con su voz melosa, dijo:

—Lo he pensado bien, ángel mío, y he decidido no besarle la mano.

Y lanzó una alegre risita.

—Como usted quiera —dijo Catalina Ivanovna, estremeciéndose—. ¿Pero qué ha pasado?

—Acuérdese bien de esto: usted me ha besado la mano y yo no se la he besado a usted.


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