Los hermanos Karamazov

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Sus ojos fulguraban. Miraba a Catalina Ivanovna con obstinada fijeza.

—¡Insolente! —exclamó Catalina Ivanovna.

Lo había comprendido todo en un instante. Se levantó, ciega de ira.

Gruchegnka se puso también en pie, aunque sin apresurarse.

—Contaré a Mitia que usted me ha besado la mano y que yo no he querido besarle la suya. ¡Cómo se va a reír!

—¡Fuera de aquí, bribona!

—¡Qué vergüenza! Una señorita como usted no debería emplear semejantes expresiones.

—¡Fuera de aquí, mujer de la calle! —gritó Catalina Ivanovna, convulsa, temblando.

—¿Yo mujer de la calle? ¡Eso usted, que va en busca del dinero de los hombres jóvenes y trafica con sus encantos! Lo sé todo.

Catalina Ivanovna lanzó un grito y fue a arrojarse sobre ella, pero Aliocha la detuvo, poniendo en ello todas sus fuerzas.

—¡Quieta! ¡No le conteste! Se marchará por su propia voluntad.

Las dos tías de Catalina Ivanovna y la doncella acudieron al oír sus gritos y se precipitaron sobre ella.

—Bueno, ya me voy —dijo Gruchegnka, cogiendo su Mantilla—. Aliocha, querido, acompáñame.


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