Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Váyase, váyase en seguida! —imploró Aliocha, con las manos enlazadas.
—Aliocha, querido, acompáñame. Por el camino te diré algo que te encantará.
Sólo por ti he hecho todo esto. Ven conmigo y no te arrepentirás.
Aliocha le volvió la espalda, retorciéndose las manos. Gruchegnka huyó, corriendo y riéndose con risa sonora.
Catalina Ivanovna sufrió un ataque de nervios. GemÃa, se ahogaba entre espasmos. La rodearon solÃcitamente.
—Ya te lo advertà —dijo la tÃa de más edad—. Te has precipitado. No debiste exponerte a dar un paso asÃ. No conoces a estas mujeres. Y dicen que ésta es la peor de todas. Siempre has de hacer lo que se te mete entre ceja y ceja.
—¡Es una tigresa! —vociferó Catalina Ivanovna—. ¿Por qué me ha sujetado, Alexei Fiodorovitch? ¡Le habrÃa dado su merecido! ¡SÃ, su merecido!
Sin duda, pretendÃa contenerse ante Alexei, pero no lo conseguÃa.
—¡Merece que un verdugo la azote públicamente!
Alexei se dirigió a la puerta.