Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Dios mío! —exclamó Catalina Ivanovna—. No esperaba esto de él. No podía imaginarme que fuera tan innoble, tan inhumano. Pues sólo él puede haberle contado a esa mujer lo que ocurrió aquel día funesto y mil veces maldito. Me ha dicho que trafico con mis encantos. Luego lo sabe todo. Su hermano es un hombre despreciable, Alexei Fiodorovitch.
Aliocha intentó decir algo, pero no encontró las palabras. Sentía en el corazón una opresión dolorosa.
—¡Váyase, Alexei Fiodorovitch! ¡Esto es espantoso! ¡Estoy avergonzada!
Venga mañana: se lo pido de rodillas. No me juzgue mal. Perdóneme. Ni yo misma sé lo que haría.
Aliocha se marchó con paso vacilante. Sentía deseos de llorar como Catalina Ivanovna. La doncella le alcanzó.
—La señorita se ha olvidado de entregarle esta carta de la señora de Khokhlakov. La tiene desde después de comer.
Aliocha cogió el sobre de color de rosa y se lo guardó en el bolsillo con un movimiento casi inconsciente.
CAPÍTULO XI