Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov De la población al monasterio no habÃa mucho más de una versta. Aliocha avanzaba rápidamente por el camino, desierto a aquella hora. Era ya casi de noche y la visualidad no alcanzaba treinta pasos. A medio camino, en una encrucijada, se alzaba un sauce solitario, y debajo de él se percibÃa una silueta humana. Apenas llegó Aliocha a la encrucijada, la silueta dejó el árbol y se precipitó sobre el caminante.
—¡La bolsa o la vida! —gritó.
—¿Pero eres tú, Mitia? —exclamó Aliocha, profundamente impresionado.
—No esperabas encontrarme aquÃ, ¿verdad? No sabÃa dónde esperarte. ¿Cerca de la casa? De allà parten tres caminos, y no podÃa vigilarlos todos. Al fin, se me ha ocurrido esperarte aquÃ, por donde forzosamente tenÃas que pasar, ya que no hay otro camino para ir al monasterio... Bueno, habla. Dime toda la verdad.
Aplástame como a un gusano. ¿Pero qué tienes?
—Nada: es el miedo. Y además, Dmitri, la sangre de nuestro padre...
Aliocha se echó a llorar. HacÃa rato que lo deseaba. Le parecÃa que algo se desgarraba dentro de él.
—Casi lo matas —añadió—. Lo has maldecido. Y ahora... bromeas.
—Es verdad. Esto es innoble; no es propio de la situación.
—Lo digo porque...