Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Aliocha entró en la casa. Su padre, sentado ante la mesa, en zapatillas y con una chaqueta vieja, examinaba sus cuentas para distraerse y sin poner en ello gran interés. Su atención estaba en otra parte. Lo habían dejado solo en la casa, pues tampoco estaba Smerdiakov: se había ido a comprar lo que necesitaba para la cocina. Aunque se había levantado temprano y se hacia el valiente, era indudable que se sentía débil y fatigado. Su frente, en la que habían aparecido varios morados, estaba ceñida por un pañuelo rojo. La gran hinchazón de la nariz daba a su rostro una expresión agria y perversa, y Fiodor Pavlovitch se daba cuenta de ello. Al notar la presencia de su hijo le dirigió una mirada nada amistosa.
—El café está frío —dijo secamente—; por eso no te ofrezco. Hoy, querido, sólo comeré una sopa de pescado, y no invito a nadie. ¿A qué has venido?
—Quería saber cómo estabas.
—Claro. Además, yo te rogué ayer que vinieras. Fue una tontería. Te has molestado en balde... Estaba seguro de que vendrías.
Sus palabras reflejaban los peores sentimientos. Se acercó al espejo y se miró la nariz, seguramente por cuadragésima vez desde que se había levantado. Luego se arregló con coquetería el pañuelo rojo que protegía su frente.