Los hermanos Karamazov

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—¡Un momento! Quiero conocer la opinión de su hermano, en quien tengo plena confianza. Catalina Osipovna —añadió dirigiéndose a la señora de Khokhlakov—, quédese usted también.

Ésta se situó al lado de Iván Fiodorovitch, y Aliocha enfrente, junto a Catalina Ivanovna.

—Ustedes son amigos míos, los únicos que tengo en el mundo —empezó a decir la joven con voz ardiente, empañada de un dolor sincero que le atrajo de nuevo las simpatías de Aliocha—. Usted, Alexei Fiodorovitch, presenció ayer aquella escena horrible. Ignoro lo que habrá pensado de mí, pero sé que si tal situación se repitiera, mi conducta y mis palabras serían las mismas. Usted recordará que tuvo que contenerme —y al decir esto enrojeció y brillaron sus ojos—. Le confieso, Alexei Fiodorovitch, que estoy en un mar de confusiones.

¿Le quiero? Lo ignoro. Le compadezco, y esto es un mal indicio para el amor. Si todavía le amara, no sería piedad lo que ahora sentiría por él, sino odio.

Su voz temblaba; las lágrimas brillaban en sus pestañas. Aliocha estaba emocionado. «Esta muchacha es noble, sincera —se decía—, y no quiere a Dmitri.»

—Exacto, exacto —exclamó la señora de Khokhlakov.


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