Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Adiós, Catalina Ivanovna. No me guarde rencor, pues mi castigo es cien veces más duro que el suyo, ya que consiste en no voverla a ver. Adiós. No quiero estrechar su mano. Me ha hecho usted sufrir demasiado y a sabiendas, para que ahora pueda perdonarla. Más adelante, tal vez; pero ahora no quiero su mano. Den Dank, Dame, begerh'ich nicht —añadió, demostrando que podía citar a Schiller de memoria, cosa que Aliocha nunca hubiera creído.
Y se marchó sin ni siquiera saludar a la dueña de la casa. Aliocha enlazó las manos con gesto suplicante.
—¡Iván! —le llamó, desesperado—. ¡Iván!... No, ya no volverá. ¡Por nada del mundo! —exclamó, presa de un amargo presentimiento—. ¡La culpa ha sido mía!
Yo he sido el primero en hablar de esa cuestión, Iván no ha dicho lo que siente: ha hablado bajo el imperio de la cólera. ¡Es necesario que venga! —gritó como si hubiera perdido la razón.
Catalina Ivanovna pasó a una habitación vecina.
La señora de Khokhlakov murmuró calurosamente, dirigiéndose a Aliocha:
—No tiene usted nada que reprocharse. Se ha conducido usted como un ángel.
Haré todo lo posible para impedir que se vaya Iván Fiodorovitch.